ACAMPADA CACHONDA
Mi hermana pequeña había decidido irse de acampada con su novio. El
chaval era un pijo: 22 años, estudiante de Empresariales, con un 4x4
regalo de sus padres, polos Lacoste de todos los modelos y colores, y
un culito, la verdad, precioso. También, por lo que se adivinaba cuando
se ponía en traje de baño, una polla bien gorda y muy grande. De las
ricas.
Metrosexual declarado, cuidaba el chico enormemente su
cuerpazo, y aunque su apetitoso trasero y su –presumiblemente-
deliciosa verga no compensaban su tontería, sabía sacarle partido a su
físico.
La idea de
la acampada
no había caído nada bien en mi familia, consciente de que en una tienda
de campaña y viajando solos, pueden pasar muchas cosas.
Mi
hermana -19 años y mayor de edad para votar- seguía siendo una niña
para mis padres. Una niña cabezota, eso sí. Había decidido irse con el
noviete y lo haría.
Mi madre, perfecta conocedora de lo que
puede pasar cuando dos jovencitos se acuestan cerca y en pleno verano,
aceptó el asunto, pero como mal menor decidió que los pipiolos se
llevaran de carabina a la hermana mayor de la niña. O sea, a mí, que
tengo ya 27 años, fama de formal y bastante experiencia en eso de
lidiar con novios propios y ajenos.
Cuando le dijo a mi hermana el acuerdo al que habían llegado mi padre y ella, a la chavalita casi le da un soponcio.
Una
razón, evidente, es que se las prometía tan felices y pensaba que iba a
follar como una loca y sin testigos incómodos. Otra era que no nos
llevábamos muy bien.
Yo le sacaba ocho años. A todos los
efectos, era para ella una tía “carroza”. Y me consideraba estrecha y
aburrida. No sabía nada la pobre.
Aunque ella era la princesita
de la casa, y todas las atenciones de mis padres se centraban en ella
(y todas las broncas en mí), la verdad es que teníamos algún gusto
común. No lo había confesado nunca, pero me encantaban algunos de los
tíos con los que había salido. Aunque fueran mucho más jóvenes que yo.
Al
principio, no me pareció bien la idea. Ir de “carabina” a un viaje al
que no me habían invitado, no se perfilaba como un fin de semana ideal
en vacaciones.
‘Que se busque la vida’, ‘por qué tenían que
meterme en medio a mi’, ‘si no la dejan pues que no vaya y punto’, era
lo que se me pasaba por la cabeza.
Así que, llegado el viernes
señalado para el viaje, ni me había molestado en hacer la maleta,
confiando en que algo se cruzaría por medio y chafaría le escapada
golfa de mi hermanita.
Pero eso no ocurrió. Así que, a toda prisa, tuve que echar en un bolso de viaje todo lo que me pareció que podría ser útil.
-¿Dónde vas con ese maletoncio? – dijo mi hermana, que se planteaba la escapada como una mochilera.
No
la hice ni caso, porque sabía que pondría pegas de todas formas. Si era
grande el equipaje, porque era grande, si era pequeño porque era
pequeño.
Como precaución y pensando en el bikini, aproveché los
minutos anteriores a la partida para ir al baño y depilarme. En la
piscina de casa y delante de mis padres, suelo usar traje de baño
completo o bikinis muy decentes, pero por ahí fuera soy la reina del
“hilo dental” y de las tetas al aire.
Me embadurné de crema y
pasé la maquinilla. Cuando reparé, por las prisas, descubrí que me
había hecho un estropicio: me había depilado mucho por un lado, poco
por otro. Así que miré el reloj, y viendo que era tarde (solo me
faltaba tener a mi hermana gritando que arrancaban)
me afeité completamente el coño.
Miré
en el espejo el resultado: un chochito de lo más apetecible para un tío
con ganas. Muy suavecito, eso sí, pero ideal para que te lo coman.
Mi
hermana también era una pija, como su novio. De acampada, pero todo a
juego. Tenía menos tetas que yo, pero estaba bastante buena.
Llegamos al camping, en un pueblecito de Ávila, y
montamos la tienda: Aquellos dos eran capaces de mandarme a dormir al coche, con cualquier excusa, pero no me iba a dejar.
Sobre
las 9 de la noche, inflamos las colchonetas y preparamos algo de cena.
Abrimos unas cuantas latas, descorchamos una botella de buen vino y
charlamos de tonterías.
El noviete hacía esfuerzos para que me
sintiera cómoda. Me ayudaba en todo, intentaba dirigir la conversación
hacia temas “serios”, como se hace con las personas mayores y se
interesó por mis opiniones. Me preguntó por mis gusto y hasta por ‘mis
novios’.
Me hacía reír. Qué cabrona, mi hermana. Encima, era
majete el chaval. Me levanté para ir a los servicios y cuando
retornaba, en la oscuridad, escuché un retazo de su conversación:
-“A ver si ahora te estás intentando camelar a mi hermana, solo me faltaba eso…”
-“No seas boba, es muy mayor. Sólo trato de ser amable”
-“Ya, ya.”
-“Mujer,
aquí está en desventaja. No ha venido por gusto, y nos está haciendo un
favor. Si llega a decir que no viene, se habría acabado el viaje. Sólo
trato de que no se sienta incómoda.”
-“La que se va sentir esta
noche incómoda soy yo, porque tengo unas ganas que me muero y no se
cómo lo vamos a hacer con ella delante”.
-“No te preocupes, que lo vas a pasar muy bien…”
Joder,
este tío es mi ídolo, pensé. De acuerdo que mi hermana puede aspirar a
algo mejor, y que el chaval es mejorable, pero no parece tan tonto
visto de cerca.
El tono cambió y esa noche conseguimos mantener
una larga y animada charla. Los tres, de cosas muy variadas. Incluso
nos reímos juntas, algo que no hacíamos desde hacía tiempo. Nos reímos
sobre todo cuando me pidieron que diera mi opinión sobre algunos sus
amigos.
-¿Y Toni?
-Ese es un borde, y además, está echando barriga. Imagínatele dentro de 10 años – decía yo, y nos carcajeábamos.
-Pero al que no le pondrás ninguna pega es a Iván, ¿no?
-Un
chulito y se lo tiene muy creído –era verdad, muy rubito de ojos
claros, pero se le notaba a la legua que era un niño de papá con pelas
y creía que el mundo empezaba y acababa en su ombligo
Y tras
hacerle un repaso a todos los que yo conocía, mi hermanita, la muy
cabrona, me puso en aprietos. Se recostó en su noviete y me preguntó:
-¿Y este qué te parece?
-No seas capulla, que es tu novio.
-Pero dime qué te parece.
Lo miré, como miraría un ganadero a una ternera en el mercado, y dije en plan lascivo:
-Pues no está nada mal…
tiene un polvo.
-¿Cómo?- preguntó escandalizada mi hermana.
Yo apreté y de lo lindo.
-Tiene un culo bonito, parece que anda bien dotado y es un encanto. O sea que tiene por lo menos dos polvos… tres si me apuras.
Mi hermana se puso roja como un tomate y el se infló como un pavo.
-Ohhh, mira la mosquita muerta – decía mi hermana, aunque el comentario para ella era todo un halago
Después
de las risas y la charla, a eso de las 2 de la mañana, decidimos
meternos en la tienda a dormir. Aunque poco sueño tenía yo. Primer
problema: cambiarse.
Como habíamos ganado en confianza, simplemente
me volví, me quité camiseta y el sujetador de espaldas a ellos, me puse
otra camiseta más cómoda, y me quité los pantalones.
Me giré
ligeramente para ver como mi hermana, a mi lado, en medio del tipo y de
mi, se quedaba en tetas y braguitas sin ningún problema y se metía
dentro del saco de dormir.
Él también se estaba desnudando. Se
quitó todo y al despojarse del slip pude observar a placer su culito
desnudo. Lástima que no se volviera el chaval.
Pero al cabo de
un rato, 20 minutos, el saco era insoportable. Estábamos en Julio, y
aunque la sierra de Ávila no es Sevilla, la sudada que nos estábamos
metiendo era impresionante. Primero salió del saco el chaval, después
mi hermana, y por último, de la forma más sigilosa que pude, yo.
Se
movían mucho. Al principio, inocente de mi, pensé que era por el calor.
Pero no. La respiración empezó a ser más agitada, los besos empezaron a
ser más sonoros, cada vez se movían más.
Suspiros ocasionales, de mi hermana. Y yo, de espaldas, haciéndome la dormida.
De vez en cuando se oía a mi hermana decir:
-‘Psiiii, que nos va a oír’,’estate quieto’, ‘ten cuidado’.
Pero
los comentarios que oía empezaban a ser más subidos de tono: ‘un poco
más aprisa’ ‘no aprietes tanto’, hasta un clarificador ‘Ayyy, no sigas
que me corro’, que despejaba cualquier duda que pudiera tener sobre la
actividad que se desarrollaba a mis espaldas.
Ese ‘no sigas que me corro’, la verdad, me encendió. Deslicé una de mis manos con total discreción dentro de mi braguita y
empecé a acariciarme, a frotar mi clítoris.
Ellos
seguían, y mi mente se calentaba todavía más. ‘¿se la meterá, aquí?, y
me ponía a imaginar el culito musculoso del tipo moviéndose
rítmicamente, y su polla penetrando a mi hermana.
La imaginaba a ella desnuda, tumbada, con él encima, bombeando.
Los
ruidos a mi espalda se hicieron más notables. Imaginaba su verga,
gorda, dura, grande, de las que aprietan de verdad y dan mucho gusto.
Imaginaba que mi hermana era yo, y que me acariciaba por todos lados, me besaba, me la metía.
De
repente oí un suspiro ahogado, pero indudable: mi hermana se había
corrido. Y yo ya estaba cerca. Deseaba volverme, a ver si veía algo,
pero se iba a notar mucho.
Además, en aquella postura podía
jugar con mis deditos con total discreción. Pero ya estaba muy
caliente, y notaba como iba subiendo e iba aproximándome al orgasmo.
-‘¿Te has corrido?’ susurró mi hermana al oído de su novio.
-No, así que chupa.
-No, que se va a despertar.
-Venga, que estoy muy caliente… por favor.
Y los movimientos reflejaban un cambio de postura.
El
roce rítmico contra el plástico del saco de dormir, dejaba pocas dudas
sobre lo que se traían, literalmente, entre manos: ella le hacía una
paja a él y con la boca.
Dios, como deseaba volverme. Ese si que debía ser un espectáculo de la hostia.
Mi hermana haciéndole un solo de flauta al tío y yo al lado.
No pude más y me corrí. Intensísimo, pero creo que no hice ningún ruido
Joder, tener a una pareja justo a tu lado, follando, o pajeándose, lo que sea, como pone eso.
Ellos
seguían con el trajín. Solo oía “ Chas, chas, chas”. Y de repente el
‘me corro’ y un chapoteo. Seguramente la polla de mi posible futuro
cuñado repartiendo semen por todos lados, incluida la boquita de piñón
de mi hermanita y sus tetas.
Mi hermana buscó su bolso, tratando de moverse discretamente. Seguro que necesitaba clinex para limpiar la lechada.
.-‘Como te has mojado’ -susurraba ella y él decía: “la que se ha mojado eres tu”.
Siguió una corta sesión de besos y caricias, y todo se calmó.
Que relax deja una corrida. Debería ser obligatorio follar o hacerse una paja antes de dormir.
Te entra un sopor que te envuelve. Estado de relajación total.
Seguro
que las que tienen insomnio, son además frígidas. Prácticamente no
recuerdo nada más de esa noche: caí en brazos de Morfeo de forma suave,
dulce, después de la intensa corrida.
Por cierto, si cuando
miras a alguien jugando, digamos, a juegos de mayores eres ‘voyeur’,
¿que eres, cuando solo los escuchas? ¿’oieur’?
La primera en
levantarse, bien entrada la mañana y con un sol que hacía que la
temperatura en el interior de la tienda empezara a ser francamente
incómoda, fue ella.
Salió al baño. Allí me quedé yo, sola con
el tío. Me volví, ya me dolía la espalda de estar siempre en la misma
postura. Y lo vi, con los ojos cerrados, todavía adormilado.
Estaba desnudo de cintura para arriba. Me lo imaginaba corriéndose.
Allí estaban también cuatro o cinco clinex, restos de la batalla nocturna. En ese momento entró mi hermana.
-Hola, ¿estas despierta?
Mi hermana sonreía. Estaba de buen humor. Mira, otra ventaja de los polvos nocturnos.
-Tápate un poco – me dijo, señalando mis pezones, que se notaban perfectamente por debajo de la camiseta.
-Y tu también – dijo mirando a su novio – a ver si voy a tener que venir a poner un poco de orden
Los tres nos reímos
-Qué tonta – dijo él.
Sí, que me dejen a mi con él, en pelotas. una hora más e íbamos a ver, pensé yo.
Me levanté, procurando que me viera perfectamente. Mis muslazos, mis pezones tiesos.
Él me miraba, y por suerte, mi hermana no se daba cuenta de nada. Buscaba entre los bolsos de ropa algo que ponerse.
Me estaba comiendo con los ojos. Me toqué un poco las tetas, de manera aparentemente inocente, pero totalmente intencionada.
Como
me ponía ver a un macho en celo. Seguramente, la tendría tiesa, aunque
no podía comprobarlo sin delatarme. Pero me estaba meando, fíjate tú.
La naturaleza urgía el fin de mis contoneos. Me puse un pantalón corto y me fui al baño.
Volví a la tienda y la cremallera de la entrada aparecía cerrada. La subí y entré, y...pues fui inoportuna.
Mi
hermana estaba en bragas, desnuda de cintura para arriba. Él
completamente desnudo, con la polla al aire. Ni pene ni hostias. La
polla al aire, completamente tiesa. Y la tenía, por la forma en que
reaccionaron, metida entre las tetas de ella. Le estaba haciendo una
cubana.
Y que pooolla. Se tapó discretamente y sonrió.
-Tía, podías...avisar.
-Vale, vale, lo siento, me salgo.
-No, no, déjalo, si no estábamos haciendo nada.
Ya me hubiera gustado a mi no hacer nada aquella misma forma.
-No te enfades, si la culpa es nuestra – dijo el tío, mi ángel defensor.
Pues
claro que la culpa era de ellos. Yo me había ido a hacer pis al baño,
no a vivir allí, joder. Había salido a mear y a lavarme un poco. Luego
tendría que volver, digo yo.
Así que si ellos se habían puesto, digamos, ‘cariñosos’, pues podían haber tenido en cuenta que no regresaría en algún momento.
De
todos modos, aprendí la lección: cremallera echada significa ‘No pasar,
peligro de muerte’ o más bien ‘precaución, gente trabajando’.
Una
vez arreglados, salimos a dar una vuelta por el campo. El pijo era un
caballero. Me hizo sentir bien. Para que no pareciera que yo era una
sujetavelas, que era la verdad, se acercaba a las dos por igual,
bromeaba con las dos, nos ayudaba a ambas cuando había alguna
dificultad en el camino. Un encanto, vamos.
Comimos en plena naturaleza, descubrimos un pantano y propuse un baño.
-¡Que falta de previsión, la mía! No he traído el bikini- se quejó mi hermana.
-Tía, no pasa nada, te bañas en bragas, no creo que te corte- le dije
-¿Y arriba?
-Yo me voy a tirar a pelo, así que allá vosotros.
Cuando
empecé a encuerarme, el tipo se volvió. Evitó mirarme al cuerpo o hacer
algún comentario. Me quité las bragas y me metí al agua enseguida.
La
verdad, lo estábamos pasando bien. Nunca pensé que me reiría así con mi
hermana. Jugábamos, nadábamos, charlábamos, bromeábamos. Hasta la
fecha, nunca había sucedido nada igual. Y eso que nuestra madre nos lo
advertía siempre: ‘de mayores, os vais a necesitar muchas veces’.
En
el agua, pues se hacen juegos de agua. Aguadillas, nadar, yo que sé.
Cuando el tipo, superado el pudor inicial, me empujaba al fondo, lo
hacía con cuidado para no rozar nada inadecuado.
Así que era yo
la que se arrimaba, la que le rozaba. Con mi hermana, en cambio, era
hasta descarado. Le tocaba el chocho por debajo del agua, se metía con
sus tetas, hacía como que se las comía (en realidad, se las comía).
El chaval también observaba, un poco más relajado, viendo que no me cortaba con sus juegos
-Y tu no mires tanto, que se te van a salir los ojos- le dijo mi hermana.
-Anda celosona, si a mi solo me gustan las tuyas- replicó él, pero era evidente que mis domingas lo ponían a cien.
Hizo ese gesto cariñoso de acercar su boca al pecho de ella, abriéndola mucho, pero mirándome de reojo.
-Ñam.
-Sí, sí, pues bien que mirabas –decía mi hermana en tono jocoso.
Cuando
salimos del agua, a pesar de que eché mano pronto de la ropa, noté que
el se había dado cuenta de que llevaba el coño depilado del todo.
Muy en su línea, no miraba descaradamente, aunque no perdió detalle. Se e alejó un poco y me hermana aprovechó:
-¿Lo llevas depilado?
-¿El qué?- pregunté yo.
-Qué va a ser, el chichi.
Como
ya se acercaba el tipo, la conversación quedó ahí. Comimos algo, pero
ya no me molesté en vestirme del todo. Sólo un pantaloncito y las tetas
bailando.
Me gustaba sentirme medio desnuda, allí, observada por
mi hermana y, de forma furtiva, por su noviete el de la polla enorme y
el culo rico.
El regreso y la tarde transcurrieron sin más. La
noche y la velada también fueron muy animadas. La conversación era
picantona. Se interesaban por saber sobre mis experiencias sexuales,
dando por supuesto de que sabía mucho más que ellos, pero yo me hacía
la inocente.
-¿Y tu? ¿A que edad te acostaste por primera un tío? –preguntó en una de las ocasiones, mi hermana.
-Y tu que sabes si me he acostado con alguien.
-A tu edad y con ese cuerpazo, sería muy raro- terció el chaval.
Entonces le acosé un poco.
-¿Y tu? ¿Has follado alguna vez? O sólo lotes y pajitas.
El se puso chulito.
-Unas cuantas y la primera a los 14. Siempre fui muy precoz.
-Seguro que con alguna chacha, como todos los niños pijos.
-Pues si.
Esa
confesión encabronó a mi hermanita, que se empeñó en contar que se
había estrenado con otro que no él, con uno del colegio...
-Ya me habían comentado eso –masculló él- Pero si fue el que me dijeron, casi me da pena, porque es un pringao.
Ella, muy ingenua, completó la historia explicando que el tipo se había corrido antes de metérsela y que la tenía muy chiquita.
-¿Si?-pregunté yo- ¿Cómo de pequeña?
Se miraron y les entró la risa.
-No sé, más o menos así – dijo mi hermana y separó los dedos índice y pulgar unos 10 centímetros.
Me estaba poniendo muy cachonda y decidí que se habían acabado las tonterías.
-¿Y la tuya cuanto mide? – le pregunté a él.
No
me creía que yo hubiera dicho eso. Si por lo menos hubiera estado
tomando vinito o cervezas, habría podido decir que era el alcohol, pero
no. Me había salido así. La había visto de refilón por la mañana, pero
aparte de excitarme un poco, había sido todo demasiado rápido
-Tía,
córtate. Que una cosa es una cosa y otra cosa es...otra cosa – dijo mi
hermana, repitiendo la famosa frase del torero, y provocando la risa de
todos.
-Así, más o menos – dijo él e hizo un hueco entre las dos manos de algo más de un palmo
-Anda ya – intervino mi hermanita – Di que no. Es así, más o menos.
Y puso en fila seis dedos...
El se había picado. Se miró el paquete. Y agarrando a mi hermana, dijo:
-Eso es hasta que miro por aquí –dijo, abriéndole el escote- Entonces se me pone así.
Y cerrando el puño lo levantó indicando todo su brazo.
-¡Fantasma! – decía mi hermana
Y
yo en mis adentros, pensaba: ‘Pues ya está. Si es fácil salir de dudas.
Que le mire el escote y se la saque, y yo misma se la mido’.
Y yo lo veía tan fácil. La conversación se calienta un poco, una apuesta de haber cuanto mide, una cosa lleva la otra...
Pero no. Tres bromas más, y mi hermana dio la velada por acabada. Nos fuimos a la tienda, a dormir. Mañana más.
Y
la noche fue larga. Claro, ya no daba corte desnudarse allí. El tipo ya
no se volvía de espaldas, se regodeaba en el espectáculo.
Mi hermana se quedó en bragas, miró mis tetas, comparó mentalmente con las suyas, y debió pensar que su macho no estaba a salvo
La
noche anterior había conseguido verle el culito, ese culito suyo que
tanto me ponía. Miré de reojo. Tenía el torso desnudo (bueno eso no era
nuevo), y empezaba a quitarse los pantalones. Yo no sabía mirar de
forma discreta.
Así que simulé ir a coger algo a mi bolsa, lo
que me daba unos segundos antes de acostarme. Y desde allí contemplé,
casi de pasada, su polla morcillona, que ya había visto de refilón
tiesa por la mañana, cuando los descubrí tonteando en la tienda. Pero
que bonita era así, morcillona, a medio camino de todo.
Nos
acostamos. Esta vez, muy precavida yo, no me tumbé de espaldas a ellos,
sino frente. Cerré los ojos, pero cuando apagamos las linternas los
volví a abrir.
Mis ojos todavía no se habían acostumbrado a la
oscuridad, pero allí veía la espalda de mi hermana, espalda desnuda, y
parecía ver las manos del tío acariciándola.
Unos minutos
después, y gracias a la luz de una farola cercana del camping, mis ojos
se habían acostumbrado totalmente. Sí, la espalda desnuda de mi hermana
era masajeada, acariciada, por las manos expertas de su novio, mientras
morreaban.
Las manos jugaban dentro de los sacos de dormir. Al
cabo de unos minutos, los sacos sobraban y ellos estaban desnudos y se
sobaban, abrazaban y besaban. Mi hermana se giró hacia mi, para
comprobar si estaba dormida.
Cerré los ojos, y simulé de forma
creíble, porque continuaron con sus juegos. Con mucho cuidado, sin
hacer apenas ruido y casi sin moverse, se frotó con él. Tenía un culo
bonito, la tía.
Uff, como me estaba poniendo. Venían a mi mente
imágenes y recuerdos del día. Por la mañana, cuando les pillé en bolas
sobándose; en el pantano, sintiéndome observada, mi hermana
preguntándome si me lo depilaba; el tipo haciéndome aguadillas y yo
arrimándome todo lo que podía, mis tetas al aire, la conversación
picantona. Y claro, mi mano fue bajando y bajando hasta un objetivo
claro: mi coño.
Empecé a toquetearme el chochito, depilado,
suave. Observaba. Las manos de él habían desaparecido de la espalda de
ella. Seguramente estaba acariciando sus tetas. O mejor, seguramente ya
la estaría pajeando, tocándola igual que yo me estaba tocando. Me
imaginé sus manos, tocándome a mí. Me estaba gustando. Mucho, quiero
decir.
Mi hermana empezó a besar el torso de su chico.
Y
bajaba cada vez más. Se giró una vez más hacia mi. Mi mano quieta y los
ojos cerrados. Respiración profunda. Volvió a pensar que yo dormía.
Siguió bajando la cabeza, hasta... ¡hasta la polla¡
No lo veía,
peor era fácil suponerlo. Se la estaba mamando, Ahora veía, más o
menos, la cara del tipo. Ojos cerrados, estaba disfrutando de su
mamada.
Mi hermana se movía seguramente metiendo y sacando
aquella polla de su boca. Y yo pajeándome, viéndolo todo, todo. Bueno,
me faltaba ver la polla. Me hubiera encantado observar como aquel
aparato salía y entraba de la boca de mi hermana. La mano de él estaba
en la nuca de ella, y marcaba el ritmo.
-Ven –dijo él, retirándola.
Ella
se montó encima de él. Un contraluz precioso. Con una mano se agarró el
cimbel e hizo un un movimiento, me pareció que apuntaba a su coño,
y...se la fue clavando poco a poco.
Joder, como estaba yo.
Parecía que me había meado. Encima casi no podía mover la mano. Si
quería hacerme un dedo con discreción, tenía que ser así. Si no, se
habrían dado cuenta. Mi hermana se movía encima de él, cabalgaba, con
sus dos manos apoyadas sobre su pecho, la melena le tapaba la cara. Que
confianzas, follar así delante de mi.
Al cabo de un rato
cambiaron de postura. Él desde atrás, de lado. La cara de mi hermana
estaba frente a la mía. Con una mano, agarraba una teta. Con la otra,
parecía que la acariciaba el clítoris.
‘Eso debe ser ya el delirio’, pensé yo, imaginándome a mi en esa posición.
Entonces me moví. Ellos pararon. Unos segundos de silencio. Mi hermana se atrevió a decir:
-¿Te molestamos con el ruido?
-No, que va, hacer lo que queráis, que a mi no me molesta, de verdad
Tras unos segundos de duda, él empezó a moverse. Ella estaba demasiado encendida como para protestar.
-Tía, si te molesta de verdad, dínoslo –dijo, con poca convicción
-De verdad que no, haz lo que quieras, es normal.
Y él empezó a bombear más fuerte.
Mi hermana ya no suspiraba de forma discreta, ya lo hacía de forma abierta, diciéndole cosas como:
-Sigue, sigue… ¡dame!
-Que
sosa, pensé yo. Yo le diría ‘métemela hasta los huevos’, o “haz que me
corra como una cerda” o qué se yo. Pero un ‘sigue, sigue’, vamos...
Me moví otra vez, para ver si encontraba una postura en la que pudiera pajearme mejor.
Mi hermana volvió a pararse, y me dijo:
-Tía, haz lo que quieras, no te cortes.
¿Qué entendí yo? Que ella no se estaba cortando un pelo, y que yo tampoco tenía que hacerlo.
Así
que me quité las bragas, me puse un poco mas cómoda y ahora sí, empecé
a frotarme a pleno rendimiento. Ella abrió los ojos de repente y dijo
asombrada:
-¡Tía! ¡Te estás haciendo una paja!
-Si me has dicho que no me corte...
-Pero yo me refería a que si querías salir a darte una vuelta o algo.
El tipo, sin parar de bombear, miraba descaradamente a mi coñito, aunque con la luz tan tenue era difícil que viera algo.
-Oye, tío! ¡Se está haciendo una paja viéndonos follar!- dijo, como incrédula, pero muy excitada.
Eso fue mucho para ella. Se corrió, de forma brusca, inesperada, escandalosa y salvaje.
Se
ve que la puso mucho verme masturbarme. Yo tuve que parar, porque los
alaridos que daba eran tan tremendos que creo que pensaba que estábamos
en el desierto del Gobi, y no en un camping público con otras tiendas a
pocos metros.
Cuando ya los gritos bajaron en intensidad, el chaval se disculpó
-Es que tu hermana es así de temperamental.
-Pues joder, la ha debido oír todo el camping
-Uff, es que ponerse a hacerse una paja aquí, delante.
Yo no respondía, pero sí, seguía acariciándome. El tipo, en plan fresco, le recordó a mi hermana:
-Tú te has corrido, pero ella no. Y yo, tampoco.
Mi hermanita se había olvidado casi por completo de su novio.
Yo empecé a frotarme con más ímpetu, agitando mis tetas.
El
tipo no dejaba de mirarlo todo: mi mano, mi coño, mis tetas, su novia.
Y de repente. Me echó mano al conejo y empezó a sobarme el clítoris.
-Tía, estas empapada.
-¿Qué quieres? Lleváis follando mucho rato, y una no es de piedra.
-¿No necesitas algo más? –pregunto el chaval, que estaba que explotaba
-Uff –alcancé a balbucear yo
Se volvió a mi hermana y le preguntó:
-¿Has visto alguna vez a un tío comiéndose el coño de una tía?
-¡Ni se te ocurra!- advirtió ella.
¿Pero que quieres?-pregunté- ¿Comértelo?
Me abrí de patas y se lo ofrecí.
Las
negativas de mi hermanita empezaban a sonar con poca convicción. Y al
cabo de unos segundos, mientras él me hacía un trabajo en los bajos,
ella se estaba tocando el conejo y mirando.
Estaba a punto de correrme. No quería hacerlo tan rápido, porque me encanta la polla dentro, así que organicé todo.
Ahora
si que ví toda su verga integra, en todo su esplendor. Estaba tiesa,
completamente tiesa, y cada vez que bombeaba la sangre, la polla
palpitaba.
-¿No querrías correrte en mi boca? ¿A que si?
Asintió.
-Pues te voy a hacer una mamada antológica.
Empecé
a mamar con auténtica dedicación. El tipo no se había corrido todavía.
Habían estado follando, mi hermana se había corrido, pero yo no
recordaba que él lo hubiera hecho. Así que tenía que estar bien
cargado.
Una charla caliente, antes de acostarnos, desnudarnos
todos juntos, sesión de calentamiento, un polvo en toda regla, ver como
su novia tiene un orgasmo y después se lo come a su cuñadita...vamos,
como para estar indiferente.
De pronto, empezó a ponerse muy
rígido, hizo una muesca extraña con la cara y empezó a correrse, así,
sin avisar. Aguanté toda la corrida como una campeona. Con la boca
llena, me acerqué a la puerta de la tienda, abrí la cremallera y escupí
el semen que acababa de descargar aquel cabrón.
Hecho esto,
cuando entraba, me metió la polla de nuevo en la boca y tuve que
chupársela otra vez, limpiándola de cualquier resto de semen que
pudiera haber quedado.
-Joder, que mamada –fue lo único que consiguió articular.
Me
puso tan caliente, que le susurré al oído. “Mañana, si quieres, te dejo
que me la metas por el culo, pero me encantaría que me la metieras hoy
un poquito en el coño… para probarla”
Ni dudó y ahora venía a
por mi. Con el mismo ímpetu con que se había corrido, atacó mi
chochete. Nada de besitos tímidos o de pequeñas lamiditas. Besaba,
lamía, me metía un dedo mientras me lo comía.
Siguió mamando,
chupando el clítoris, los labios, metiendo uno, dos dedos. Cuando me
vio muy caliente, me metió la verga y me dio hasta que ya no pude más y
tuve mi merecido orgasmo, si no tan sonoro como el de mi hermana, lo
suficiente para escandalizar a cualquiera que estuviera cerca.
-Sois iguales, sois hermanas – dijo el tipo riéndose y tocándose su polla morcillona exhausta.
-¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado?-me dijo mi hermana,.
-Más la follada que el sexo oral…
Los tres reímos. Nos habíamos corrido maravillosamente bien. Cada uno su corrida, pero todos igual de intensa.
Volvimos de la acampada, y yo retoné a casa cambiada, mas juvenil. Volví mujer, ansiosa de explotar todas las posibilidades del sexo.
Quería que me lo comieran de nuevo, quería que me la metieran, por
todos lados. Y a partir de entonces, cada vez que me pidieron mis papás
que fuera de “carabina” con alguna de mis hermanas pequeñas, me resigné
y fui.